Auschwitz y Auschwitz II-Birkenau

¿Qué se puede decir sobre el mayor cementerio del mundo que no esté dicho ya? Quizá una cosa: aunque sepas la historia de memoria, hayas leído libros y visto infinidad de películas al respecto, en cuanto traspases el cartel de “arbeit macht frei” de la puerta se te hará un nudo en la garganta y, con las extremidades agarrotadas, avanzarás entre los barracones que ahora llenan las imágenes, las maletas, los zapatos, los cabellos y las cenizas de aquellos enviados allí para morir de inanición, enfermedades o ser asesinados con el contenido de los botes (también expuestos) de Zyklon B en las cámaras de gas.

El único consuelo lo proporciona la horca donde colgaron en 1947 a Rudolf Hoess, comandante del campo y uno de los nazis más sanguinarios. La sensación apenas dura unos segundos: justo al lado está la única cámara de gas que queda en pie. Mientras que los visitantes, entre ellos muchos grupos de adolescentes judíos, llenan cada barracón–museo, al llegar a este lugar todos sin excepción realizan el recorrido por la cámara y el crematorio casi corriendo, con miedo hasta de mirar algo que no sea sus pies.

A 2 kilómetros se encuentra Auschwitz II – Birkenau, creado exclusivamente para el exterminio de sus ocupantes. En los andenes de las vías que aún se conservan, el doctor Mengele elegía quien iba morir directamente en las cámaras de gas (todos los niños con sus madres, ancianos, enfermos y discapacitados) o quién viviría un auténtico suplicio hasta su último aliento.

Una visita imprescindible para no repetir jamás.




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