Cracovia y las minas de sal de Wieliczka

La niña bonita polaca, la más admirada por todos, en especial por aquellos que limitan su visita al país a esta ciudad y a la capital, para nosotros fue, a primera vista, la gran decepción. Afortunadamente, la ampliación del paseo más allá de la plaza del mercado y el camino desde ésta hasta el castillo, mejoraron notablemente esta primera impresión.

Cracovia fue la capital de Polonia hasta 1596 y su casco histórico es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1978. Tiene el privilegio de no haber sufrido daños tras la II Guerra Mundial, por lo que lo que hoy contemplamos no ha sido fruto de ninguna reconstrucción sino la ciudad histórica tal y como siempre ha sido.

Así, aunque originales, los edificios de sus calles dan una imagen mucho más decadente que los de sus vecinas. Quizá, ahora que ha terminado la reconstrucción de todas las que fueron arrasadas, le toque el turno a Cracovia para un buen lavado de cara. Desde luego recibe una afluencia turística muy superior al resto y debería invertirse parte de lo ganado en hacer que las desconchadas fachadas de sus edificios recuperen su auténtico esplendor.

La visita a Cracovia empieza en la zona más alta, el Wawel o barrio del castillo. A los pies del Vístula y justo antes de empezar la subida se puede contemplar la estatua del dragón de Cracovia. Cuenta la leyenda que este dragón tenía atemorizados, y muy hartos, a los habitantes de Cracovia, que veían como sus alimentos e incluso familiares iban a parar tarde o temprano al estómago de la bestia. Al rey no se le ocurrió otra cosa que ofrecer al que derrotara al dragón la mano de su hija y la mitad de su reino. No fue un valiente caballero quien lo consiguió sino el hijo de un humilde zapatero que rellenó un cerdo con azufre y se lo dio al dragón. Éste se lo tragó sin pensar y tanta sed le entró que se bebió las aguas del Vístula hasta que reventó.

En Wawel hay que visitar el patio del castillo y la catedral de San Wenceslao y San Estanislao, del siglo XI, que cuenta con capillas góticas, renacentistas y barrocas. A destacar las dos que flanquean la entrada. Saliendo de la catedral encontramos las estatuas de los dos héroes polacos por excelencia: el Papa Juan Pablo II y el General Kosciuszko.

Desde el castillo, primero por la calle Kanonicza y después por la Grodzka se encuentran las iglesias de San Pedro y San Pablo y Santa María Magdalena y un poco más adelante las de los Dominicos y de los Franciscanos. Finalmente, ya en la plaza del mercado, se alza la basílica de Santa María. Cada hora desde hace 600 años un trompetista toca la “Heynal” cuatro veces (una por cada lado de la torre), para conmemorar al que en el siglo XIII fue asesinado con una flecha en la garganta mientras daba la señal de alarma ante la invasión mongola. El interior de esta iglesia gótica del siglo XIV es visita imprescindible.

En el centro de la inmensa plaza de la ciudad vieja se encuentran el antiguo mercado de paños (hoy de productos turísticos), la iglesia de San Adalberto y la antigua torre del ayuntamiento. Aunque es recomendable recorrer todas las calles que salen de la plaza, el paseo más interesante es subir por la calle Jana hasta el final y girar luego a la derecha hasta la barbacana. Al salir por la antigua muralla es cuando uno se da cuenta de la diferencia que hay entre Cracovia y todas las demás: el casco histórico es parecido, unos reconstruidos, otro auténtico pero que se cae a pedazos; pero mientras que todas las ciudades que fueron reconstruidas sólo cuentan con estos edificios históricos en la ciudad vieja, en Cracovia están también en las afueras. También les hace falta una mano de pintura, todo hay que decirlo.

Volviendo hacia la plaza por la calle Florianska, merece la pena desviarse unos metros para ver la plaza Ducha con el inmenso teatro. También merece la pena acercarse a la Universidad Jaguellónica, fundada en 1364 por Casimiro III, para ver el patio del Collegium Maius.

Desde la plaza del mercado, cogiendo la calle Sienna y luego Starowislna se llega al barrio judío o Kazimierz. Mientras que en la calle Szeroka se concentran los restaurantes y locales hechos por y para el turismo, adentrándose un poco más en el barrio por las calles Miodowa, Jakuba y Jozefa y recorriendo las plazas Nowy y Wolnica es cuando realmente se ve el barrio en su más pura esencia. Eso sí, que nadie se lleve a engaño, de bonito no tiene nada, ahora auténtico, desde luego.

Si se cruza el río se llega hasta el barrio de Podgorze, cuya historia es tan relevante que uno casi prefiere que este lugar se libre de las posibles restauraciones. Que Cracovia no sufriera grandes daños en la II Guerra Mundial no quiere decir, ni mucho menos, que esta ciudad quedara al margen de la contienda. Es en este barrio en el que se hallaba el guetto, de cuyo muro pueden contemplarse los restos de las calles Lwowska y Limanowskiego. En la plaza del guetto podemos ver hoy una serie de sillas de metal fijadas al suelo que conmemoran a todos los judíos que allí esperaban para ser deportados a Auschwitz. Desde aquí, a unos 500 metros hacia el este se encuentra el lugar donde estaba la fábrica de Oskar Schindler, donde hoy día se pueden contemplar las fotos de aquellos a los que el empresario de las SS nacido en Moravia salvó. Un par de kilómetros más allá se ubicaba el campo de concentración de Plaszow.




Minas de sal de Wieliczka

A pocos kilómetros de Cracovia, se encuentra el pueblo de Wieliczka, famoso por sus minas de sal, que llevan explotándose desde el siglo XIII. Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, las minas tienen una profundidad de más de 300 metros y una longitud de 300 kilómetros, aunque la visita turística se limita a un recorrido de dos horas. En él se desciende hasta los 135 metros de profundidad (más de 600 escalones) y se recorren unos 2 kilómetros entre galerías, cámaras y el lago salado. A lo largo de ellas encontramos varias estatuas de personajes de todo tipo, desde el rey Casimiro hasta el enano cuya barba decide el futuro de las jóvenes casaderas. También hay una galería dedicada a su primer turista: Nicolás Copérnico.

Todo, absolutamente todo (salvo las vigas de madera que sujetan los pasadizos), está hecho de sal. Para los incrédulos, basta con tocar una pared y llevarse el dedo a la boca. Incluso los candelabros, las esculturas y el suelo de la capilla de Santa Kinga fueron excavados y construidos por los mineros en las rocas de sal.

En la actualidad, casi un millón de turistas visitan estas minas cada año, más los que acuden al sanatorio en busca de una mejoría de sus problemas respiratorios gracias al microclima existente en su interior (temperatura constante de 15 grados centígrados).





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