Islandia, paraíso geológico

Situada en el extremo noroeste de Europa, entre el continente y Groenlandia, Islandia tiene una extensión de poco más de 100.000 km2 habitados por 350.000 habitantes, siendo el primer asentamiento humano en el año 874. Su localización en la dorsal mesoatlántica convierte al país en un foco constante de actividad volcánica y geológica. Así, el visitante tan pronto se encuentra entre volcanes y piscinas naturales a 40º como entre lagunas heladas en las que una infinidad de glaciares vierten una parte de sí mismos cada año. Los prados culminan en escarpadas montañas áridas con picos nevados. Y en cuestión de pocos metros las tierras verdes se tornan en desiertos negros. En este viaje es difícil no acordarse de los profesores de ciencias del colegio e instituto, que se dejaban la vida en explicar las placas tectónicas, volcanes, glaciares y fallas. Lo que se aprendía entonces de memoria, se entiende por fin en tan sólo 10 días y es que Islandia es una clase magistral de geología, una lección en vivo y en directo de la historia del planeta Tierra.


Reykjavic

Si se puede prescindir de algo en un viaje a Islandia son, sin duda, las ciudades. En realidad, para el concepto que tenemos aquí, sólo hay dos: la capital Reykjavic y Akureyri, al norte del país. Aunque la ubicación de las mismas es siempre en un entorno privilegiado, una vez en ellas vale un pequeño paseo por la calle y plaza principal para darse cuenta de que el verdadero tesoro de la isla no está ahí. En Reykjavic se puede ir de compras, comer en restaurantes de todo tipo (excepto McDonalds, que en Islandia, para variar, no triunfó) y, al parecer, irse de fiesta por la noche. Nosotros nos limitamos al paseo por la calle Laugavegur, el lago, el puerto, la plaza Ingólfstorg y a comer el típico perrito caliente “with everything”, y dejamos las juergas nocturnas para otros momentos. 


Península de Snaefells

Coronada por el volcán que le da nombre (y por cuyo cráter se accede, según Julio Verne, al mismísimo centro de la tierra) esta península era el motivo para hacer este viaje, nuestro principal objetivo, el que no viene en ningún tour de los básicos y que fue, sin duda, nuestro favorito.

Aunque nuestra intención era subir al cráter glacial del volcán en motonieve, no fue posible debido a que las últimas lluvias habían convertido la excursión en una actividad de alto riesgo. A cambio, tuvimos un día entero, desde que llegamos a las 10 de la mañana hasta que vimos la puesta de sol a las 11:30 de la noche, para contemplar un resumen de los paisajes islandeses: zonas verdes con flores pelusonas, caballos islandeses y ovejas acolchadas, playas negras, campos de lava y, por supuesto, un inmenso volcán coronado en la cima por un glaciar.

Contemplamos los acantilados de Svörtuloft, Hellnar, la playa negra con increíbles formaciones rocosas de Dritvík donde es también obligado el levantamiento de una serie de piedras para ver si eres apto para dedicarte a la pesca (Helena no, Sergio sí), el verde camino hasta la iglesia de Ingjaldshóll (la primera de cemento del mundo), y las vistas del volcán desde todos los ángulos, desde Arnarstapi hasta Olafsvik. El puro azar nos llevó a realizar una excursión no prevista, ni mencionada en ninguna guía, por una cueva de lava a los pies del Snaefells. Con nuestros cascos y luces de mineros expertos recorrimos con el privilegio de un guía exclusivo para nosotros (por ser los únicos visitantes que no hablaban islandés) los túneles y las formaciones dejados por la lava varios siglos atrás: rocas de varios colores, algunas incluso que brillan en la oscuridad, estalactitas y estalagmitas que, al contrario que las que conocemos normalmente, se formaron en segundos.


Hacia el valle de Skagafjördur

Desde la carretera circular, dejando la península de Snaefells al oeste y enfilando hacia el norte, nos encontramos de pronto con tres cráteres entre los prados. Sin tenerlo previsto y sin saber siquiera de su existencia, subimos a los Grabrok en unos 30 minutos por un cómodo camino para observar unas espléndidas vistas de las consecuencias de la erupción que tuvo lugar hace 4.000 años.

La densa niebla que nos tocó nada más reanudar la ruta en coche hizo imposible que viéramos nada más del paisaje, ni siquiera pudimos acercarnos a la carretera 711 para contemplar en la lejanía los fiordos del oeste. Tras una hora a 30km/h sin visibilidad alguna, el cielo se fue aclarando y la carretera principal empezó a discurrir por un pequeño valle rodeado por montañas con picos nevados y laderas marrones y verdes que parecen haber sido cortadas a golpe de hacha. En el pequeño lago Vatnsdalshólar vimos unos curiosos islotes arbolados denominados Kattarauga (ojos de gato) y ya en el valle de Skagafjördur descubrimos las primeras casas de turba típicas islandesas. A los que a estas alturas no puedan soportar su aislamiento del mundo, les recomendamos una parada en el centro de visitantes de Varmahlid, con folletos de todas partes y un ordenador con conexión a internet durante 15 minutos, totalmente gratis.

Pasado el delta en la bahía de Skagafjördur, hacia el norte, se halla el pueblo de Hofsós, en cuyo puerto todavía quedan en pie dos antiguas casas de madera. Dejando el mar y de camino hacia las montañas de Tröllskagi, en unos 20 minutos, entre las lanudas ovejas y los caballos peludos, surge el pueblo de Holar, famoso por su iglesia de arenisca roja y visita imprescindible ya no por ésta sino por su ubicación en un paisaje de cuento. Aquí también pudimos ver las casas de turba hasta por dentro.


Akureyri, Godafoss y lago Myvatn

La capital del norte, Akureyri, es, con sus 18.000 habitantes, la segunda ciudad más grande de Islandia. Un paseo de una hora por su calle principal, la iglesia y el puerto es más que suficiente para conocer una ciudad cuyo principal atractivo es verla de lejos para percibir plenamente el paisaje en la que se enmarca. Aunque las tiendas de productos turísticos contribuyen a darle ambiente es mejor dejar las compras para otros sitios menos abusivos. Una opción para los guantes y gorros de lana y los peluches típicos es el supermercado que se encuentra en el centro comercial de las afueras. Literalmente, a mitad de precio.

Desde el momento en que salimos de Reykjavic no pasaron más de unos pocos kilómetros sin ver agua en el interior de la isla, cayendo desde los glaciares y nieves perpetuas alojados en los picos más altos o en forma de ríos y lagos. Con gran esfuerzo nos contentamos con ver todos aquellos chorros de agua desde el coche y dejar las paradas más amplias para las cataratas “con nombre”. Las más accesibles son las Godafoss, con una anchura de 30 metros y una caída de 12. Allá por el año 1.000 de nuestra era, Porgeir Ljósvetningagodi decidió que Islandia sería cristiana y acto seguido arrojó por esta catarata los ídolos y estatuas de los dioses paganos. De ahí el nombre (God en islandés, al igual que en inglés, significa Dios).

Siguiendo la carretera principal hacia el este llega un momento en el que el paisaje se transforma radicalmente para dar paso a algo que recuerda más a las imágenes tomadas en la Luna o Marte que a las del planeta Tierra: pseudocráteres, esculturas de lava, grutas naturales con aguas a 45º C y fumarolas hasta donde alcanza la vista. Es el paisaje del lago Myvatn, el mayor del país. Aunque se puede recorrer entero a pie, nosotros decidimos acceder a los principales atractivos en coche y luego realizar cada una de las rutas que partían de esos puntos para poder conocerlo a fondo en un solo día. Para empezar, dimos un paseo de una hora entre los pseudocráteres de Skútustadagígar. 

Después le llegó el turno al campo de esculturas de lava de Dimmuborgir (sí, el grupo Heavy coge el nombre de aquí). De las tres rutas, cogimos la más larga, la de la iglesia, de una hora y media aproximadamente. Entre las grietas del suelo que discurre entre las formaciones de lava encontramos algunos agujeros sin fin de los que no nos habríamos extrañado que salieran dinosaurios o que dieran acceso al centro de la tierra.

La lava de Dimmuborgir fue expulsada por el volcán Hverfell, a cuyo cráter de un kilómetro de diámetro se puede subir en unos 30 minutos (nosotros lo hicimos dos días después, antes de partir hacia los fiordos del este). Y para terminar, un nada refrescante baño, bien en las aguas a 45 grados de la gruta natural de Grjótagjá o en las piscinas naturales de Myvatn.





Husavik, Dettifoss, Asbyrgi y Krafla

Husavik, al igual que Akureyri y en general todos los pueblos y ciudades de Islandia, es más bonita de lejos que de cerca. La mejor vista es, sin duda, la que se obtiene desde el barco que realiza la excursión de tres horas para avistar ballenas. Aunque el día sea soleado y relativamente cálido es absolutamente imprescindible llevar prendas de abrigo porque una cosa es lo que hace en el puerto y otra bien distinta es cuando el barco se sale un poco de la bahía y se adentra en el mar. En agosto el avistamiento de ballenas está casi garantizado, así como el de los pequeños Lundi (frailecillos en español y puffins en inglés) y las medusas gigantes.

Aunque la espuma que genera el salto de agua del río Jökulsá á Fjöllum en las cataratas Dettifoss se ve a kilómetros, el camino es cuanto menos complicado, aunque apto para todos los vehículos (aconsejablemente con seguro de grava). Ubicada en el Parque Nacional de Jökulsárgljúfur, es la más caudalosa de Europa y cuenta con una caída de 44 metros de alto por 100 de ancho. El mismo río formó hace siglos los muros de piedra de 25 metros que conforman el cañón de Asbyrgi, que visitamos previamente.

En las proximidades de Myvatn desde el lado este, se encuentra el área de Krafla, una región de intensa actividad geológica. Cuando vimos las columnas de humo y la tierra de los colores más inverosímiles en nuestra imaginación sólo cabía una fábrica de residuos químicos. Grave error, en Islandia casi todo lo que se ve lo genera la naturaleza en su estado puro. En el área de Krafla, el ser humano sólo interviene para poner unas guías que muestren a los turistas el camino seguro a seguir. Y no te salgas del mismo o te puedes encontrar hundido en un fango a 100ºC. En esta zona visitamos durante 5 horas los tres puntos de interés: el cráter de Stóra-Víti, el campo de lava y las solfaratas de Leirhnjúkur y el paseo entre las fumarolas apestosas y los charcos burbujeantes morados, verdes, amarillos y celestes.


Fiordos del este

Hace unos cuantos siglos, la costa este de Islandia estaba cubierta por inmensos glaciares que un buen día “destrozaron” la montaña para llegar al mar. Las consecuencias de ello, tras la retirada de los glaciares, son una serie de valles de un verde que deslumbra, inundados por el mar y rodeados por elevadas montañas nevadas en las que aún se distingue la cuenca donde empezaba el glaciar. Así son los fiordos del este islandeses. El acceso a la mayoría de ellos es relativamente complicado porque las estrechas carreteras de tierra cruzan puertos de montaña ocultos entre la niebla.

Empezando por el norte, tras atravesar el puerto de montaña por una estrecha carretera de barro entre la niebla, llegamos a Borgarfjördur, el más espectacular. Junto a la mezcla de verdes, blancos y azules cristalinos pudimos ver, además, una gran colonia de simpáticos frailecillos. Uno de ellos, realmente cerca, esperaba ansioso con el pico congelado la comida que debía llevarle su madre.

Volviendo por el mismo camino hacia Egilsstadir, el punto de partida de los caminos a cada fiordo, y gracias a la guía Lonely Planet, encontramos una de las mayores curiosidades de la zona: una máquina expendedora de bebidas y chuches que funciona con paneles solares y que nadie sabe quien repone. Hay monedas por si necesitas cambio.

Más verde y menos helado es el fiordo en el que se encuentra el pequeño pueblo de Seydisfjördur con alguna que otra casita de color que vista desde lejos parece bonita. La carretera de acceso es bastante mejor que la anterior y en su parte más alta discurre entre las nieves perpetuas. Más al sur encontramos Reydarfjördur, Breidalsvík y Djúpivogur, tres pequeños pueblos situados entre la orilla del mar y las altas cumbres. 




El helado sur
 
Tras nuestra primera, y muy grata, experiencia como surfers (www.couchsurfing.org) pusimos rumbo al sur, la parte más visitada de Islandia, donde se supone que están los mayores tesoros. Y tesoros tiene hasta detrás de las cascadas pero el mayor de todos es, sin duda, la vista que te encuentras de golpe y sin aviso al dejar atrás los fiordos y enfilar ya en línea recta hacia el sur: una mole de hielo suelta desde los 800 metros y hasta la misma base de las montañas una infinidad de lenguas glaciares. Es el Vatnajökull, la mayor superficie helada del planeta tras la Antártida y Groenlandia. Si los glaciares que habíamos visto hasta ahora nos parecieron espectaculares, éste los superó a todos.

Los glaciares de los Alpes terminan en medio de la montaña y están solos, en un paisaje precioso, pero solos. Los hijos de Vatnajökull caen hasta el nivel del mar, algunos prácticamente al lado de la carretera. De uno de ellos, Breiðamerkurjökull, se desprenden cada año los icebergs que llenan la laguna de Jökulsárlón, otra de las vistas más impactantes de la zona sur. Desde uno de los botes anfibios que navegan por la laguna pudimos ver icebergs de todos los tamaños, de blanco intenso, azul cristalino o con franjas negras a causa de las erupciones de otra era.

Al igual que ocurre con el desierto, las fotos no muestran la grandiosidad que en realidad tienen estos glaciares y la sensación que produce contemplarlos.

A unos 30 km de la laguna está la entrada al Parque Nacional de Skaftafell. Aunque el camino hacia la cascada de Svartifoss se parece mucho al de los campos suizos, las columnas hexagonales de basalto que la rodean hacen que merezca la pena la hora y media de ruta.


Vik, Skogafoss y Selfjalanfoss

Una vez que dejamos atrás los glaciares la carretera fue adentrándose poco a poco en la civilización. Ahora ya no teníamos que compartir carril con los que venían de frente en los puentes y, excepto los metros que fueron arrasados por la erupción del volcán Grimsvötn en la primavera de 2011, la carretera era notablemente mejor que los días anteriores.
 
A parte de comprar el típico jersey islandés en la fábrica de Vik a menor precio que en el resto de tiendas, en esta localidad es imprescindible el paseo por su negra playa para ver los famosos trolls. Éstos no son más que tres grandes rocas en medio del mar pero, según la leyenda, se trata de unos trolls a los que pilló desprevenidos el sol y quedaron petrificados. Con la de meses de noches casi constantes y el clima generalmente lluvioso, a cualquiera le habría pillado por sorpresa el sol.

Los que estaban en Skogar aquel día soleado, o el que fuimos nosotros, pudieron contemplar uno de los paisajes más impresionantes del planeta: la caída de 60 metros de la cascada de Skogafoss, sin una nube en el cielo y con doble arcoíris en la base. Cuenta la leyenda que tras la cascada hay un tesoro oculto pero este día estaba bien visible.

Aunque menos espectacular, la cascada de seljalandfoss se puede ver de frente y también pasar por detrás de ella en un resbaladizo paseo. Muy cerca de aquí está el volcán Eyjafjallajökull, el más famoso de Islandia, al menos para los que allá por abril de 2010 intentaban coger un avión.

El círculo de oro

La zona comprendida entre Geysir, Gulfoss y el parque de Pingvellir es conocida como el círculo de oro de Islandia. Su cercanía a la capital hace que reciba la mayor afluencia turística del país y no es para menos. Después de ver las cataratas de Godafoss, Dettifoss, Svartifoss y Skogafoss parecía imposible que ninguna otra pudiera tener mayor interés. Error. Los dos saltos de Gulfoss, la catarata dorada, te dejan sin aliento. No es que sea la mejor, es que son todas tan distintas entre sí y tan espectaculares que es imposible descartar o elegir una en concreto.

A pocos minutos (en coche) se encuentra el famoso Geysir que da nombre al fenómeno geotérmico de los geiseres. En la actualidad ya no se puede ver su chorro de 80 metros de altura, excepto si hay un terremoto lo suficientemente fuerte, porque los turistas de los años 20 eran igual de idiotas que los de ahora y se dedicaron a tirarle piedras y otros objetos para provocar el salto del agua. Si ahora Islandia es casi prohibitivo, entonces que no habría ni medios para llegar no nos cabe en la cabeza que alguien se dejará el dineral en llegar hasta allí para luego tirarle piedras al geiser. En el mismo parque, para compensar, Strokkur suelta su chorro cada 5 minutos aproximadamente.
Yendo hacia Reykjavic se encuentra el Parque Nacional de Pingvellir donde en el año 930 se fundó el parlamento nacional islandés (Alpingi). Por supuesto tiene también su importancia geológica ya que aquí está la enorme falla que cada año se separa y hace que Islandia sea 1 milímetro más grande. 

Un viaje completo por Islandia no puede dejar de lado una de sus principales atracciones: el spa geotérmico de la Blue Lagoon. Un relajante baño al aire libre, una mascarilla natural e incluso una cerveza o un granizado en sus aguas a 37 grados preparan a cualquiera para una noche de frío y peleas varias en el aeropuerto de Keflavik, pero esto amigos, es otro post.



Galería de fotos


 
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4 comentarios:

  1. Islandia no deja a nadie indiferente. Tenéis toda la razón en que un viaje por su geografía es una clase permanente de Geología y otras ciencias naturales... A nosotros nos quedó la impresión de que las ciudades, más que prescindibles, responden a unos cánones totalmente distintos a los habituales. Visitarlas fue siempre una experiencia interesante sobre cómo se pueden hacer las cosas de otra manera, aprovechando al máximo los recursos naturales. ¡Preciosas fotos! ¿Podría ser de otra manera en el principio del mundo? :)Sin desmerecer vuestra capacidad!!!

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  2. ¡Totalmente de acuerdo con lo de las fotos jajaja! Islandia y nuestra Nikon de carrete se llevan todo el mérito :)

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  3. Preciosas fotos!! Mucho mejores que las nuestras que tuvimos un tiempo muy malo. Y por cierto muchas gracias por el detalle de enlazarnos, nosotros también os hemos incluido en nuestra sección de @miguetes.

    Saludos

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  4. Gracias!! La verdad es que el clima islandés tiene un trago, no me extraña el dicho ese tan famoso de "si no te gusta el clima, espera 5 minutos y será peor". Nosotros también tuvimos un par de días malos, en uno de ellos, yendo de Snaefells a Holar no podíamos ir a más de 20km/h por la densísima niebla. Y luego en los fiordos mucho sol, sí, pero tanto frío que se congeló la grabadora jajaja. Y hablamos de agosto...

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